La bajada de las temperaturas a niveles inferiores a cero grados puede traer malas consecuencias a una piscina. El agua, al pasar de fluido a sólido, aumenta de volumen. Disminuye su densidad y se expande, por lo que la presión que ejerce puede afectar a la estructura. ¿Cómo? Dañando el revestimiento, reventando algunos de los accesorios empotrados e incluso provocando grietas por donde luego se pierda agua. Desde Aquablau queremos contarte algunas de las pautas a seguir cuando llega una previsión del tiempo cargada de heladas. 

Es común que las piscinas permanezcan llenas durante el invierno aunque no se utilicen, sobre todo pensando en un ahorro en litros de agua de cara al verano. Lograrás mantenerla en buen estado si te preocupas en encender durante unas pocas horas a la semana el motor de la depuradora. Pero sobre lo que se conoce como la hibernación de la piscina te hablaremos en otro momento. Lo básico antes de que llegue el frío es bajar el nivel del agua por debajo de los llamados skimmers, que son esas ventanitas con compuertas por las que se filtra el agua al chocar contra los bordes. 

Realmente, en los lugares sin un clima extremo como pueda ser el de la alta montaña, que se congele ligeramente una piscina no tiene por qué ser preocupante: sólo se solidifica una capa mínima. En ese caso no suele necesitarse ninguna intervención. Si acaso se puede dejar un elemento flotando sobre la superficie para que su movimiento ayude a que no se forme esa pequeña capa. 

En lugares donde la congelación es superior sí que es más común recurrir a remedios como dejar flotando neumáticos, bidones y otro tipo de «apaños» caseros que aunque no evitan la congelación ayudan a que no haya daños serios. En el mercado hay flotadores de hibernación con contrapeso que absorben esa presión extra del agua al congelarse. Se ponen atados sobre la superficie en diagonal. Dependiendo de las dimensiones del vaso usaremos más o menos elementos. Recurrir a garrafas llenas de agua por la mitad y con algo de peso atado vendría a hacer el mismo efecto. Es una alternativa rápida y sencilla cuando no puedes hacerte con material profesional de inmediato. 

La última de las recomendaciones sería tapar además la piscina con una cubierta de invierno. Las de poliéster recubiertas de PVC pueden ser simplemente opacas o de rejilla (para lugares donde abundan las fuertes lluvias y las nevadas). Son una forma de cuidar la higiene del agua. Evitan que los rayos del sol hagan proliferar las algas o se cuelen hojas y residuos del entorno. También aumentan la seguridad para niños y mascotas. Eso sí, hay que cerciorarse de que siempre estén bien tensadas y tener en cuenta que, contra las heladas, realmente no hacen milagros, sino que sólo ayudan un poco. Obviamente, cuando las ponemos, la paz que nos transmite una piscina limpia al descubierto, haga frío o calor, desaparece al instante. Pero la espera (y ser precavidos) puede valer mucho la pena. Tu piscina y tu bolsillo te lo agradecerán cuando mejore el tiempo.